Sandokan el Rey del Mar
Sandokan el Rey del Mar Sir Moreland indicó a los dos prisioneros que debían ir a prepararse; luego, destapó una botella, llenó dos copas y ofreció una al portugués.
-Usted me responde de que no permitirá que los hagan prisioneros, ¿verdad? - preguntó el angloindio, después de haber bebido su copa.
-Si veo algún peligro, me echaré sobre la costa, capitán - contestó Yáñez.
-Los soldados que usted trae, ¿Son gente aguerrida?
-Son los mejores de la guarnición de Kohong. ¿Cuándo voy a tener el honor de volver a ver a usted?
-Pienso zarpar al amanecer y me dirigiré en seguida hacia la ciudadela; a no ser que me detengan los piratas de Malasia. Todavía no desespero de poder vencerlos.
Yáñez esbozó una ligera sonrisa irónica.
-Confío en que así será, capitán - dijo -. ¡Ya es hora de acabar con esos peligrosos salteadores de los mares!
En aquel momento entraban en el saloncito Tremal-Naik y Damna. El primero se había puesto un gran turbante, y la muchacha se había echado sobre los hombros un manto de seda blanca que la envolvía por completo.
-Les daré a ustedes escolta hasta la playa - dijo el capitán -, aun cuando no hay nada que temer.