La Ciudad de Dios

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Es verdad que se verificó en Salomón, en cierto modo, una imagen de lo que vendría, precisamente en la construcción del templo, en el mantenimiento de la paz a tono con su nombre (Salomón quiere decir pacífico) y en la admirable alabanza que mereció al comienzo de su reinado. Pero en su misma persona, como sombra del futuro, anunciaba, no mostraba, a Cristo Señor nuestro. Por ello se escribieron de él algunas cosas, como si fueran predicciones sobre él mismo, cuando la Escritura santa, que mezcla la profecía con los hechos realizados, nos dibuja en él, en cierto modo, la figura de cosas futuras. Pues, aparte de los libros históricos, donde se cuenta su reinado, tenemos inscrito a nombre suyo el salmo setenta y uno. En él se dicen muchas cosas que de ningún modo pueden convenirle, y, en cambio, le convienen a Cristo el Señor con clara transparencia: aparece evidentemente que en aquél se dibujó cierta figura y en éste se presentó la misma realidad. Son bien conocidas, de hecho, las fronteras del reino de Israel; y, no obstante, en este salmo se lee, entre otras cosas:Dominará de un mar a otro, y desde el río a los confines de la tierra59. Esto lo vemos cumplido en Cristo. Comenzó su dominio desde el río, donde, bautizado por Juan y mostrado por él, comenzó a ser conocido por sus discípulos, que lo llamaron no sólo Maestro, sino también Señor.



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