La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios «Señal del juicio: la tierra se humedecerá de sudor. Vendrá del cielo el Rey que reinará por los siglos; es decir, estará en la carne para juzgar al orbe, por donde el incrédulo y el fiel, al final ya de los tiempos, verán al Dios excelso con sus santos. Con su carne estarán presentes las almas, que juzga Él mismo, mientras yace el orbe en enmarañados zarzales. Los hombres rechazarán sus simulacros, y también toda riqueza. Buscando el mar y el cielo, quemará el fuego, las tierras; desbaratará las puertas del sombrÃo Averno. En cambio, se otorgará una luz brillante al cuerpo de los santos, mientras a los culpables les abrasará eterna llama. Descubriendo los actos ocultos, cantará entonces cada uno sus secretos, y abrirá Dios los corazones a la luz. Habrá entonces también lamentos, rechinarán todos con sus dientes. Se arrebatará al sol su resplandor, desaparecerá el coro de los astros. Se transformará el cielo, morirá el esplendor de la luna; derribará las colinas, levantará desde el hondo los valles. Nada sublime o elevado quedará en las cosas humanas. Ya se igualan los montes con los campos, y acabará por completo el azul del mar; desaparecerá la tierra resquebrajada; asà también el fuego abrasará fuentes y rÃos. Pero entonces la trompeta lanzará triste sonido desde el alto orbe, lamentando el miserable espectáculo y los múltiples agobios, y abriéndose la tierra dejará ver el caos del Tártaro. Aquà se presentarán los reyes juntos ante el Señor. Bajará fuego del cielo y un torrente de azufre».