La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Son rarísimos los que no padecen algún mal en esta vida, sino solamente en la otra. Ha habido, con todo, algunas personas que no han sentido ni la más mínima calentura hasta entrada ya la vejez decrépita, y su vida ha transcurrido tranquila. Yo personalmente he conocido algunos casos y otros los he oído contar. Dicho sea esto a pesar de que la vida misma de los mortales es toda ella un suplicio, puesto que toda ella es tentación, como la proclama la Sagrada Escritura: ¿No es cierto que la vida del hombre sobre la tierra es una tentación?27 No es pequeño castigo la ignorancia o inexperiencia, que los hombres procuran evitar hasta el punto de obligar a los niños con castigos bien dolorosos a aprender algunas artes o las letras. Incluso el hecho en sí de aprender, razón por la que son castigados, resulta tan penoso que a veces prefieren sufrir los castigos antes que el aprender mismo. ¿Quién no va a horrorizarse, y ante la disyuntiva de volver de nuevo a la infancia o sufrir la muerte, no preferirá morir? El hecho de estrenar la luz de esta vida no riendo, sino entre llantos, es ya una especie de profecía, sin saberlo, de las calamidades en que acaba de entrar. El único que al nacer -dicen- se rió fue Zoroastro, pero su monstruosa risa no le auguró ningún bien. Efectivamente, cuentan que fue el inventor de las artes mágicas; artes, por cierto, que no le llegaron a servir ni siquiera para proteger su felicidad contra los enemigos; de hecho, siendo el rey de los bactrianos, fue derrotado por Nino, rey de Asiria.