La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Supongamos ahora que Dios tiene escondida a los que le temen esta bondad, tal como la entienden nuestros adversarios, es decir, una bondad que consiga librar de la condenación a los impíos. Así éstos, al ignorarlo, y por miedo a la condenación, vivirían honradamente y se daría la posibilidad de que hubiera quienes orasen por los que viven desordenadamente. Ahora bien, ¿cómo daría colmo a su bondad con los que esperan en Él, si en realidad a los que no esperan -así lo sueñan ellos- hará esta misma bondad que no sean condenados? Busquemos, pues, aquella bondad que tiene su colmo en quienes esperan en Él, no la que se pretende lo tenga en quienes desprecian y blasfeman de Dios. Inútilmente busca el hombre, tras su estancia en este cuerpo, lo que descuidó adquirir cuando en él vivía.