La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Pero es él mismo quien admira en el hombre el poder de este arte sobre todas las cosas, por el cual se le concedió fabricar dioses, y a la vez se duele de que vendrá un tiempo en que hasta las leyes ordenan suprimir todas estas ficciones de dioses instituidas por los hombres. Y también expresa palmariamente las causas por las que se ha llegado a tales extremos al decir que sus antepasados, por el gran error e incredulidad y por su falta de atención al culto y religión divinos descubrieron el arte de fabricar dioses. ¿Qué nos queda, por consiguiente, a nosotros que pensar, o más bien que hacer, sino dar cuantas gracias podamos al Señor Dios nuestro, que suprimió todos esos ídolos precisamente por motivos contrarios a los de su institución? En efecto, lo que instituyó el gran error lo suprimió el camino de la verdad; lo que instituyó la incredulidad lo suprimió la fe; lo que instituyó el descuido, el alejamiento del culto y religión divinos lo suprimió la conversión al único santo y verdadero Dios.