Facundo
Facundo Las atrocidades de que era teatro sangriento Buenos Aires habían, por otra parte, hecho huir a la campaña a una inmensa multitud de ciudadanos, que, mezclándose con{309} los gauchos, iban obrando lentamente una fusión radical entre los hombres del campo y los de la ciudad; la común desgracia los reunía; unos y otros execraban aquel monstruo sediento de sangre y de crímenes, ligándolos para siempre en un voto común. La campaña, pues, había dejado de pertenecer a Rosas, y su poder, faltándole aquella base y la de la opinión pública, había ido a apoyarse en una horda de asesinos disciplinados y en un ejército de línea. Rosas, más perspicaz que los unitarios, se había apoderado del arma que ellos gratuitamente abandonaban: la infantería y el cañón. Desde 1835 disciplinaba rigurosamente sus soldados, y cada día se desmontaba un escuadrón para engrosar los batallones.