El anticuario

El anticuario

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—Le prestaré mi camisón, hombre, y mis zapatillas, y sufrirá la fiebre del anticuario, como los hombres sufren la peste, por llevar ropa infectada. No, sé lo que piensa, teme cargar con su presencia al viejo solterón. Pero ¿no tenemos el resto de un delicioso pastel de pollo que, meo arbitrio[95], está mejor frío que caliente? ¿Y la botella de oporto añejo, del que el estúpido cerebro enfermo del baronet, al que no puedo perdonar por escapar sin partirse el cuello, solo tomó una copa antes de que su mollera le llevara a recoger algodón siguiendo los pasos de Gamelyn de Guardover?

Dicho esto, avanzó arrastrando consigo a Lovel hasta que fueron recibidos por la Puerta de los Peregrinos de Monkbarns. Es posible que nunca hubiera acogido a caminantes tan necesitados de descanso, ya que la fatiga de Monkbarns alcanzaba un grado muy superior a sus hábitos y su joven y robusto acompañante había sufrido tales emociones que su agotamiento iba mucho más allá de sus extraordinarios esfuerzos físicos.






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