El anticuario

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—Ya lo sabía —dijo Oldbuck riendo, pero sin duda mostrando alivio—, ya lo sabía… Esa niña perezosa no se habría preocupado aunque nos hubiésemos ahogado todos. Entonces, ¿por qué has dicho que salió?

—Quizá quieras esperar a oír mi historia, Monkbarns. Porque salió, pero regresó con el jardinero en cuanto vio que nadie se había caído por el acantilado y que la señorita Wardour estaba a salvo en el coche. Llegó a casa hace un cuarto de hora, puesto que ya son casi las diez. La pobre estaba tan empapada que le puse un vaso de jerez en las gachas.

—Bien, Grizzel, bien. Que las mujeres se consuelen entre ellas. Escucha, venerable hermana… pero no empieces con lo de la palabra «venerable»; implica muchas cualidades loables aparte de la edad, claro que también los años son algo honorable, aunque a las mujeres no les guste que las honren por tal motivo. Pero presta atención a mis palabras: trae las sobras del pastel de pollo y del oporto para que Lovel y yo nos las comamos.

—¿El pastel de pollo y el oporto? ¡Oh, Dios mío! Hermano, apenas quedan unos huesos y poco más que unas gotas de vino.


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