El anticuario

El anticuario

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El rostro del anticuario se nubló, pero demasiado bien educado para dar rienda suelta, en presencia de un extraño, a su disgusto y sorpresa al saber de la desaparición de la vianda con la que había contado con tanta seguridad. Pero su hermana comprendió su mirada de ira.

—¡Oh, Señor! Monkbarns, ¿para qué montar ahora un numerito?

—Yo no monto ningún numerito como dices, mujer.

—¿Para qué estar tan enfadado y enfurruñado por un montón de huesos? A decir verdad, debes saber que el bueno del pastor ha venido a casa. Estaba preocupado, sin duda, por tu precaria situación; eso dijo (ya sabes lo bienhablado que es), y decidió quedarse hasta recibir información veraz sobre cómo os iba. Dijo cosas hermosas sobre la resignación ante la voluntad de la Providencia. ¡Qué buen hombre!

Oldbuck respondió con el mismo tono:

—¡Buen hombre! Lo que él quiere es saber cuándo las tierras de Monkbarns recaerán en manos de su heredera, ya me lo imagino. Y supongo que, mientras ejercía el oficio cristiano del consuelo, el pastel de pollo y el buen oporto desaparecieron, ¿no es cierto?

—Querido hermano, ¿cómo puedes hablar de tales frivolidades después de escapar de los peligros del acantilado?


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