El anticuario

El anticuario

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—Conseguí salvarme, cierto; mi cena, en cambio, no ha corrido la misma suerte en el acantilado del pastor. Grizzie… Está todo dicho, ¿verdad?

—Alto, Monkbarns, hablas como si no hubiera más carne en toda la casa. ¿Es que no me vas a dejar ofrecer un refrigerio a un hombre honrado después de todo lo que ha andado?

Entre silbando y canturreando, Oldbuck recitó la vieja cancioncilla escocesa:

Oh, primero comieron el blanco pudín,

y después comieron el negro, oh,

y pensó el buen hombre para sí

que se lo lleve todo el diablo, oh.

Su hermana se apresuró a acallar sus murmullos trayendo algunos restos de la cena. El anticuario habló de otra botella de vino, pero optó finalmente por un vaso de coñac que resultó ser excelente. Como no consiguió convencer a Lovel de ponerse el gorro de noche de terciopelo ni el batín estampado de su anfitrión, Oldbuck, que presumía de ciertos conocimientos médicos, insistió en que se fuera a la cama lo antes posible y propuso enviar un mensajero (el infatigable Caxon) a Fairport a primera hora de la mañana a buscarle ropa limpia.


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