El anticuario
El anticuario —Carta, no reformes el idioma —exclamó Oldbuck—; puede que mi antepasado no haya aprendido ninguna lengua en el otro mundo, pero por lo menos no habrá olvidado el latÃn que tanta fama le dio en éste.
—Bueno, bueno, será carta, pero los que me contaron la historia decÃan carter. Gritó carta, si es que fue eso lo que dijo, y le hizo señales a Rab para que le siguiera. Rab Tull, con auténtico valor escocés, saltó de la cama, se medio vistió y siguió al espectro escaleras arriba hasta el lugar que llamamos el palomar, que no es otra cosa que una torreta en una esquina de la vieja casa donde habÃa un montón de cajas y arcones inservibles; allà el fantasma le dio a Rab una patada con un pie y con el otro golpeó un cajón del armario que mi hermano tiene al lado de la mesa de la biblioteca. Entonces desapareció como humo de tabaco, dejando a Rab en una situación penosa.