El anticuario

El anticuario

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—Si quisiera un patrón para mi leyenda, podría elegir nada menos que a san Agustín, que cuenta la historia de un difunto que se le apareció a su hijo, acusado de no saldar una deuda ya pagada, para mostrarle dónde estaba el recibo. Pero más bien opino lo mismo que lord Bacon, que dice que la imaginación es muy similar a la fe que obra milagros. Siempre se ha contado con ligereza que el cuarto estaba habitado por el espíritu de Aldobrand Oldenbuck, mi antetatarabuelo. Es una pena que en nuestra lengua no exista una forma menos patosa de expresar un parentesco que mencionamos y usamos con tanta frecuencia. Era un forastero y vestía su traje nacional, del que la tradición guardó una descripción precisa; y, por supuesto, hay un grabado suyo, supuestamente realizado por Reginald Elstracke, cuando accionaba la prensa con sus propias manos para estampar las páginas de la rara edición de las Confesiones de Augsburgo. Era químico además de buen mecánico, y ambas cualidades eran consideradas por lo menos magia blanca en aquella época y tiempo. El supersticioso escribano debió oír todo esto y probablemente creerlo, y seguramente, mientras dormía, relacionó la imagen de mi antepasado con el viejo armario que, como nuestros ancestros no mostraron interés o cuidado por las reliquias y la memoria de nuestra historia, había acabado en el palomar para no estorbar. Si a esto añade un quantum sufficit[100] de exageración, hallará la clave de todo el misterio.


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