El anticuario

El anticuario

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—Pues como le mande al lugar que se merece, so sinvergüenza, ya veremos quién le va a contratar. Si no para inmediatamente y lleva a esta pobre bestia a la herrería más cercana, haré que le castiguen, si es que hay juez de paz en Mid-Lothian. —Y, abriendo la puerta del carruaje, salió de un salto mientras el cochero obedecía sus órdenes, mascullando que, si los caballeros no llegaban a tiempo para la marea, no podrían decir sino que era culpa de ellos, ya que por él habrían continuado.

Me interesa tan poco analizar el laberinto de causas que pueden influir en las acciones de los hombres que no intentaré averiguar si la compasión del anticuario por el pobre caballo estuvo motivada en cierta medida por el deseo de mostrar a su compañero un castro picto —tema del que habían discutido largamente y del que existía un ejemplo «muy curioso y perfecto, sin duda» a apenas cien yardas de allí—. Si tuviera que analizar las motivaciones de mi respetable amigo (pues tal era el caballero de traje sobrio, peluca empolvada y sombrero de ala ancha), tendría que decir que, aunque sin duda no habría permitido que el cochero prosiguiera con un caballo no apto para el servicio, a pesar de llevar mucha prisa, el hombre del látigo se libró de una reprimenda y una lluvia de reproches gracias al buen humor del que gozaba el viajero cuando se produjo el retraso.


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