El anticuario
El anticuario Tanto tiempo se perdió en estas interrupciones del viaje que, cuando descendieron por la colina que se eleva sobre el Hawes (de donde toma el nombre la posada en la ladera sur de Queensferry), el experimentado ojo del anticuario distinguió a lo largo de la orilla una gran extensión de arena mojada e innumerables piedras y rocas negras cubiertas de algas, por lo que supo que la hora de la marea había pasado. El joven viajero esperaba un estallido de indignación, pero, como diría Croaker en El hombre de buen temperamento[4], nuestro héroe había agotado toda su energía anticipándose tanto a sus desventuras que no las sintió cuando llegaron de verdad. O bien podría ser que creyera que iba en compañía demasiado agradable para castigarla con quejas contra todo lo que retrasara su viaje. Lo cierto es que aceptó su suerte con resignación.