El anticuario

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La mañana del viernes era tan serena y hermosa que parecía que no se hubiese organizado ninguna excursión; y esto es un hecho extraño, tanto en la ficción novelesca como en la vida real. Lovel, bajo el maravilloso influjo del buen tiempo y la posibilidad de encontrarse de nuevo con la señorita Wardour, trotó hacia el lugar de la cita con mejor ánimo del que últimamente disfrutaba. Sus perspectivas parecían en muchos aspectos abrirse y brillar ante él; y la esperanza —aunque irrumpía como el sol de la mañana entre brumas y chaparrones— parecía ahora iluminar su camino. Como cabía esperar de un estado de ánimo semejante, fue el primero en llegar y, como también podríamos haber anticipado, su atención estuvo tan centrada en la carretera del castillo de Knockwinnock que tan solo advirtió la llegada de la división de Monkbarns por los arres del postillón, cuando la silla de posta apareció bamboleante a su espalda. En este vehículo se amontonaban, en primer lugar, la imponente figura del señor Oldbuck; en segundo lugar, la figura —casi igual de corpulenta— del reverendo Blattergowl, pastor de Trotcosey, parroquia a la que pertenecían Monkbarns y Knockwinnock. El reverendo llevaba una enorme peluca rizada sobre la que descansaba un tricornio equilátero. Era la más exquisita de las tres pelucas que aún quedaban en la parroquia, y que diferían entre ellas, como Monkbarns solía señalar, tanto como los tres grados de la comparación: la frondosa peluca de sir Arthur sería el positivo, su propia peluca rizada, el comparativo, y la gris, imponente, del respetable pastor, el superlativo. El supervisor de estos antiguos aderezos, al juzgar, o afectando juzgar, que de ninguna manera podía no estar presente en una ocasión que los reunía a los tres, se había sentado en la culata del carruaje «solo por estar a mano en caso de que los caballeros necesitasen un retoque antes de sentarse a cenar». Entre las dos macizas presencias de Monkbarns y el clérigo estaba incrustada como un estilete la delgada figura de Mary MacIntyre, pues su tía había preferido una visita a casa del pastor, y una charla social con la señorita Beckie Blattergowl, antes que investigar las ruinas del priorato de Saint Ruth.


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