El anticuario

El anticuario

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Después de que los miembros del grupo de Monkbarns intercambiasen saludos con el señor Lovel, hizo su presencia el carruaje del baronet —una calesa—, con sus sudorosos bayos, sus elegantes conductores, varales y paneles con blasones, precedido además por un par de escoltas. El conjunto contrastaba enormemente con el maltrecho vehículo y los jadeantes lomos que habían traído hasta allí al anticuario y a sus seguidores. El asiento principal del carruaje estaba ocupado por sir Arthur y su hija. A la primera mirada que cruzaron Lovel y la señorita Wardour, ésta se ruborizó considerablemente; pero, al parecer, había decidido recibirlo como a un amigo, nada más, y hubo, a partes iguales, compostura y cortesía en el modo de responder a sus respectivos saludos. Sir Arthur paró la calesa para estrechar amablemente la mano de su salvador, dando a entender el placer que le causaba poder expresarle su agradecimiento en persona, tras lo cual procedió apresuradamente a las presentaciones oportunas:

—Señor Dousterswivel, señor Lovel.





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