El anticuario
El anticuario Por supuesto, Lovel ya había reparado en el adepto alemán, que ocupaba el asiento frontal del carruaje, normalmente reservado para familiares o subalternos. La sonrisa ya preparada y la servil inclinación con la que el extranjero respondió a su breve saludo incrementaron la íntima antipatía que Lovel ya había concebido por él; y estaba claro, por el fruncido del poblado ceño del anticuario, que él también miraba con disgusto este aumento de la partida. Poco más que distantes saludos intercambiaron el resto de viajeros, hasta que, después de tres millas de viaje, los carruajes se detuvieron por fin bajo el letrero de Los Zapatos de los Cuatro Setos, una pequeña posada de tercera. El humilde Caxon abrió la puerta y bajó el estribo para que los demás ocupantes pudiesen salir del carruaje con la ayuda del servicio.