El anticuario
El anticuario El señor Oldbuck era normalmente ahorrador, pero en ningún caso mezquino; su primer pensamiento fue evitar que su compañero de viaje corriera con cualquier gasto de la velada, ya que pensó que en su situación podría ser una verdadera inconveniencia. Y así aprovechó un momento de descuido para pagar en privado al señor Mackitchinson. El joven viajero protestó contra esta libertad y solo la consintió en deferencia a su edad y posición.
La satisfacción que les producía la mutua compañía llevó al señor Oldbuck a proponer un plan para viajar juntos hasta el final de su trayecto, lo que Lovel aceptó de buen grado. El señor Oldbuck dio a entender que deseaba pagar dos tercios del alquiler de una silla de posta, diciendo que necesitaría ocupar la parte proporcional durante el recorrido, pero el señor Lovel lo rechazó decididamente. Sus gastos al final fueron iguales, excepto cuando Lovel deslizaba de cuando en cuando un chelín en la mano de un postillón gruñón, ya que Oldbuck, fiel a las viejas costumbres, no pagaba más de dieciocho peniques por cada posta. De este modo viajaron hasta que llegaron a Fairport sobre las dos del día siguiente.