El anticuario

El anticuario

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—La dirección, capitán MacIntyre —respondió Lovel, en el mismo tono— estará a su disposición cuando quiera usted preguntar por ella.

—No dejaré de hacerlo —replicó el soldado.

—Vamos, vamos —exclamó Oldbuck—, ¿qué sentido tiene todo esto? ¿No tenemos a Irene aquí[165]? Aquí no caben los pendencieros. ¿Han venido ustedes de las guerras del extranjero para instigar querellas en nuestra pacífica tierra? ¿Son ustedes, pues, como los cachorros de bulldog, que, cuando sacan al pobre toro de la plaza, caen uno sobre otro con violencia, se mordisquean y muerden la espinilla de la gente de bien que tienen alrededor?

Sir Arthur expresó su confianza en que los jóvenes caballeros no se dejaran llevar tan lejos por un asunto tan trivial como el reverso de una carta.

Ambos contendientes negaron tener tales intenciones; encendidos y con ojos que echaban chispas, aseguraron que nunca habían estado tan tranquilos en su vida. Pero un claro desánimo se cernió sobre todos los presentes; a partir de ese momento, las conversaciones se limitaron a fórmulas de cortesía, y Lovel, considerándose objeto de frías y suspicaces miradas por parte de los demás, y consciente de que sus evasivas habían propiciado opiniones extrañas sobre él, tomó la valiente determinación de sacrificar el placer de pasar el día en Knockwinnock.


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