El anticuario

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Fingió, pues, una violenta jaqueca, ocasionada por el calor del día, al que no había estado expuesto desde su enfermedad, y se disculpó formalmente ante sir Arthur, quien, movido más por la reciente suspicacia que por la gratitud debida por los favores pasados, no lo apremió más de lo que la buena educación estrictamente exigía para cumplir su palabra.

Cuando Lovel se despidió de las damas, la actitud de la señorita Wardour pareció más nerviosa de lo que el joven había apreciado hasta ese momento. Indicó con una mirada al capitán MacIntyre, perceptible solo para Lovel, el objeto de su alarma, y añadió, en una voz mucho más tenue que su tono normal, que esperaba que no fuese un compromiso menos agradable lo que los privaba del placer de su compañía.

No se trataba de ningún compromiso, le aseguró él; era solo el regreso de una dolencia que le aquejaba de vez en cuando.

—El mejor remedio en estos casos es la prudencia, y yo, como cualquier amigo del señor Lovel, espero que haga uso de ella.



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