El anticuario

El anticuario

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Lovel hizo una profunda reverencia y se sonrojó, y la señorita Wardour, como si tuviera la impresión de haber hablado más de la cuenta, se dio la vuelta y entró en el carruaje. Lovel debía despedirse a continuación de Oldbuck, que mientras tanto había estado, con la ayuda de Caxon, arreglando su desordenada peluca y cepillando su abrigo, en el que podían verse algunos recuerdos del arduo camino que habían recorrido.

—¡Qué, hombre! —dijo Oldbuck—. ¿No irá a dejarnos por culpa de la indiscreta curiosidad y vehemencia del insensato de Hector? Es un chico atolondrado, un niño malcriado desde el día en que estaba en brazos de la niñera; un día me tiró el sonajero a la cabeza por negarle un poco de azúcar; y usted tiene demasiado sentido común para tener en cuenta a un chiquillo de mal carácter: æquam servare mentem[166] es la máxima de nuestro amigo Horacio. Luego le echaré un sermón a Hector, y todo se arreglará.

Pero Lovel insistió en su intención de volver a Fairport.

El anticuario adoptó entonces un tono más grave.



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