El anticuario
El anticuario —Tenga cuidado, joven, con sus presentes sentimientos. La vida le ha sido dada por motivos útiles y válidos, y deberÃa reservarla para dar lustre a la literatura de su paÃs, si es que no se le llama a arriesgarla en defensa de éste, o a rescatar a los inocentes. Las querellas personales, una práctica desconocida para las antiguas civilizaciones, es, de todas las absurdidades introducidas por las tribus godas, la más burda, impÃa y cruel. No hablemos más de esas absurdas disputas, y le enseñaré el tratado sobre el duelo que compuse cuando el secretario y el alcalde Meiklewame eligieron usurpar los privilegios de caballeros y se retaron. Pensé en imprimir mi ensayo, firmado «Pacificator»; pero no fue necesario, ya que el consejo comunal de la ciudad se ocupó del asunto.
—Pero le aseguro, querido señor, que no hay nada entre el capitán MacIntyre y yo que pueda justificar tan respetable intervención.
—Espero que asà sea; pues, en caso contrario, seré el padrino de ambas partes.