El anticuario

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Diciendo esto, el caballero entró en el carro, cerca del cual la señorita MacIntyre había retenido a su hermano, con el mismo proceder que el dueño de un perro irritable, que lo retiene a su lado para evitar que ataque a otro. Pero Hector planeaba eludir tales preocupaciones, pues, como estaba a caballo, se rezagó detrás de los carruajes hasta que éstos hubieron doblado la esquina camino a Knockwinnock, y entonces, dando la vuelta a su caballo, lo espoleó en dirección contraria.

Pocos minutos después se reunía con Lovel, que, quizá por anticiparse a las intenciones de su rival, llevaba su caballo a ritmo de paseo cuando el ruido de los cascos que le seguían anunció al capitán MacIntyre. El joven soldado, cuyo colérico temperamento venía exacerbado por la velocidad de sus movimientos, frenó a su caballo repentina y violentamente al lado de Lovel, y, con un ligero toque a su sombrero, preguntó en un tono hinchado de soberbia:

—¿Qué debo entender, señor, por su respuesta de que la dirección está a mi disposición?

—Es simple, señor —respondió Lovel—. Que mi nombre es Lovel, y mi residencia es, en este momento, Fairport, como verá usted en esta tarjeta.

—Y ¿ésa es toda la información que está dispuesto a darme?

—No veo qué derecho tiene a exigir más.


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