El anticuario

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—Lo encuentro, señor, en compañía de mi hermana —dijo el joven soldado—, y tengo derecho a saber a quién se le permite frecuentar a la señorita MacIntyre.

—Me tomaré la libertad de dudar de ese derecho —respondió Lovel, con unos modales tan soberbios como los del joven soldado—; me encuentra en una compañía que está satisfecha con el grado de información que les he proporcionado respecto a mis asuntos, y usted, un simple desconocido, no tiene derecho a preguntar más.

—Señor Lovel, si ha servido usted en el ejército, como dice…

—¿Qué quiere decir con si he servido? —interrumpió Lovel.

—Sí, señor, tal es mi expresión, si es que ha servido; probablemente sabrá que me debe una reparación, de una manera u otra.

—Si ésa es su opinión, estaré orgulloso de dársela, capitán MacIntyre, del modo en que suele decirse esa palabra entre caballeros.

—Muy bien, señor —replicó Hector, y, dando la vuelta a su caballo, se alejó al galope para reunirse con los demás.

Su ausencia ya los había alarmado, y su hermana, con el carruaje detenido, había asomado la cabeza por la ventana para ver dónde estaba.


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