El anticuario

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—Caballeros —intervino MacIntyre, gélido—, todo esto tendríamos que haberlo pensado antes. En mi opinión, personas que han llevado este asunto tan lejos como nosotros y que se fueran sin llevarlo aún más lejos podrían irse a cenar al Graeme’s Arm con mucha alegría, pero se levantarían al día siguiente con la reputación tan manchada como la de nuestro amigo, que nos ha hecho un gran favor con ese despliegue de oratoria tan poco oportuno. Hablo por mí al decir que me veo obligado a pedirles que procedamos sin mayor dilación.

—Y yo —dijo Lovel— debo pedirles también a estos caballeros que procedan a los preliminares lo antes posible, pues nunca deseé ninguno.

—¡Hijos! ¡Hijos! —gritó el viejo Ochiltree; pero, al darse cuenta de que ya nadie le prestaba atención, dijo—: O debería decir locos, ¡que vuestra sangre caiga sobre vuestras cabezas![169]

Y el anciano se alejó del campo, que los padrinos habían empezado a medir; continuó balbuciendo, hablando para sí con una huraña indignación mezclada con nerviosismo y un fuerte sentimiento de dolorosa curiosidad. Sin prestar más atención a su presencia o sus quejas, el señor Lesley y el lugarteniente se dedicaron a los preparativos necesarios para el duelo y fue acordado que ambas partes dispararan cuando el señor Lesley dejara caer su pañuelo al suelo.


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