El anticuario
El anticuario —Tiene razón… Tiene razón —exclamó Taffril—; no intente llegar a la carretera principal, escóndase en el bosque hasta la noche. Mi bergantÃn estará levando anclas a esa hora, y a las tres de la mañana, cuando la marea esté subiendo, tendré el barco esperándole en Mussel-craig. ¡Váyase, váyase, por Dios!
—¡SÃ! ¡Huya, huya! —repetÃa el hombre herido, cuyos sollozos compulsivos entrecortaban sus palabras.
—Venga conmigo —dijo el mendigo, casi arrastrándolo—; el plan del capitán es el mejor. Lo llevaré a un lugar donde podrÃa ocultarse hasta entonces aunque le buscaran con sabuesos.
—Váyase, váyase —le urgió el lugarteniente Taffril—, quedarse aquà es una locura.
—Peor locura fue venir aquà —dijo Lovel, estrechando su mano—, pero ¡adiós!
Y siguió a Ochiltree a los recovecos del bosque.