El anticuario

El anticuario

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Y saltó al lugar de donde habían extraído por la mañana el preciado cofre. Al cabo de unas cuantas paladas, se cansó, o fingió cansarse, y le dijo a su compañero:

—Estoy viejo y débil, y no puedo seguir; ahora le toca a usted, vecino: entre, coja la pala, saque la tierra removida, y yo me turnaré con usted.

Dousterswivel ocupó el sitio del mendigo, y se puso manos a la obra con todo el celo que la avaricia, mezclada con el ansioso deseo de llevar a término la empresa y huir de esos parajes lo antes posible, podía inspirar en un espíritu usurero, receloso y asustadizo a partes iguales.

Edie, cómodamente de pie al lado de la zanja, se conformaba con animar a su compañero a trabajar de firme.

—Por los cielos que pocos trabajaron un día por jornal parecido; aunque no haya en él más que la décima parte del primer cofre, doblará su valor, al estar lleno de oro en lugar de plata. Dios, trabaja usted como si hubiera nacido para el pico y la pala; podría ganar usted media corona al día. ¡Tenga cuidado con los dedos y esa piedra! —dijo dándole una patada a un gran canto que el adepto había levantado con mucha dificultad, y que Edie devolvió a su sitio para dolor de las piernas de su socio.


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