El anticuario
El anticuario Exhortado por el mendigo, Dousterswivel se afanaba y trabajaba entre las piedras y la arcilla seca, con esfuerzo de caballo y maldiciones internas en alemán. Cuando de sus labios escapaba una sÃlaba impÃa, Edie cambiaba de táctica.
—¡No maldiga! ¡No maldiga! Quién sabe quién nos escucha. Eh, que Dios nos asista, ¿qué es eso? Ah, es solo una rama de hiedra golpeando contra el muro; a la luz de luna parecÃa el brazo de un hombre muerto con un candil, pensé que era el propio Misticot. Pero no se preocupe, siga trabajando, quite la tierra de en medio. Dios, serÃa usted tan buen enterrador como el propio Win Winnet. ¿Por qué se para? Está usted ya casi a punto.
—¡Parrarr! —exclamó el alemán en un tono de furia y decepción—. Pero ¡si estoy encima de la roca sobrre la que constrruyerron estas malditas ruinas (que Dios me perrdone)!
—Bien —dijo el mendigo—, es el emplazamiento más probable. Seguramente será una losa puesta para ocultar el oro; ponga más empeño, muchacho, un golpe seco la partirá, se lo garantizo. AsÃ, asà es, golpea usted tan fuerte como William Wallace.