El anticuario
El anticuario De hecho, el adepto, animado por las exhortaciones de Edie, infligió dos o tres palazos que consiguieron romper no aquello que golpeaba, que, como él había supuesto, era sólida roca, sino la herramienta que sujetaba, lo que le provocó un temblor en los brazos que se extendió hasta los hombros.
—¡Hurra, muchachos! ¡Ahí va el pico de Ringan! —gritó Edie—. Es una pena que en Fairport vendan instrumentos tan frágiles. Pruebe con la pala, ¡a ello, señor Doustersdiablo!
El adepto, sin responder, trepó fuera de la zanja, que ahora tenía una profundidad de unos seis pies, y se dirigió a su socio con voz temblorosa de ira.
—¿Sabe usted, señorr Edie Ochiltree, de quién se está usted mofando?
—Perfectamente, señor Doustersdiablo, lo conozco a usted perfectamente, y hace más de un día; pero en este caso no se trata de mofas, estoy ansioso por ver nuestros tesoros; a estas alturas ya deberíamos tener ambas alforjas llenas. Espero que quepa todo el tesoro en ellas.
—Mirre, ruin perrsonaje —dijo el iracundo filósofo—, ¡si vuelve usted a burrlarrse, le arrancarré la calaverra con esta pala!