El anticuario
El anticuario —Y ¿dónde quedarÃan en ese caso mi bastón y mis manos? —contestó Edie en un tono que no revelaba el menor miedo—. Vamos, vamos, maestre Doustersdiablo, no he vivido tanto tiempo en este mundo para que me den con esta puerta en las narices. ¿Por qué se pone asà con sus amigos? Apuesto a que encuentro el tesoro en un minuto.
Y, dicho esto, saltó a la fosa y tomó la pala.
—Le jurro —dijo el adepto, lleno de sospechas— que si me está usted engañando, le darré una buena paliza, señorr Edie.
—¡Óiganlo! —dijo Ochiltree—. Sabe cómo hacer que la gente encuentre el tesoro. Cielos, me lleva a pensar que quizá alguien le haya tratado igual a usted.
Ante esta insinuación, que aludÃa claramente a la escena de la noche anterior entre él y sir Arthur, el filósofo perdió la escasa paciencia que le quedaba y, al ser de naturaleza violenta, levantó el mango del pico roto a fin de descargarlo sobre la cabeza del anciano. El golpe habrÃa resultado fatal con toda probabilidad, si quien iba a recibirlo no hubiera exclamado con voz severa y firme:
—¿No le da vergüenza? ¿Cree usted que el cielo le permitirá matar a un anciano que podrÃa ser su padre? ¡Mire a su espalda!