El anticuario

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Dousterswivel se volvió por instinto, y contempló con gran asombro una alta silueta oscura detrás de él. La aparición no le dio tiempo a hacer exorcismos, sino que, recurriendo al instante a la voie de fait[209], midió tres o cuatro veces los hombros del adepto con tal somanta de palos que lo desplomaron, y éste quedó sin sentido algunos minutos de terror y estupefacción. Cuando volvió en sí, estaba solo en el derruido baptisterio, tumbado sobre la suave y húmeda tierra que había extraído de la tumba de Misticot. Se incorporó con una confusa sensación de ira, dolor y pánico, y necesitó sentarse algunos minutos para ordenar sus ideas hasta recordar cómo había llegado hasta allí, y con qué propósito. Según volvían sus recuerdos, no podía albergar muchas dudas sobre el señuelo utilizado por Edie Ochiltree para llevarlo a aquel paraje solitario, los sarcasmos que habían conducido a la pelea, y el rápido auxilio que tenía preparado para el final, pues no parecían sino parte de un plan concebido para atraer desgracia e ignominia sobre la cabeza de Herman Dousterswivel. Se le antojaba poco probable que la fatiga, la ansiedad y los golpes se debieran tan solo a la malicia de Edie Ochiltree, pero concluyó que el mendigo había desempeñado un papel que una persona de mayor importancia le había asignado. Sus sospechas oscilaban entre Oldbuck y sir Arthur Wardour. El primero ni siquiera había intentado disimular la antipatía que sentía por él, pero al segundo lo había perjudicado gravemente. Y, aunque sospechaba que sir Arthur no estaba al corriente de la magnitud de los perjuicios que le había ocasionado, no era difícil imaginar que había atado cabos suficientes para alimentar deseos de venganza. Ochiltree había aludido al menos a una circunstancia que el adepto tenía razones para suponer que eran conocidas solo por sir Arthur y él, y que por lo tanto el mendigo debía de conocer de boca del baronet. Las palabras de Oldbuck también sugerían una íntima convicción sobre la truhanería del filósofo, y sir Arthur lo había escuchado sin defenderle en ningún momento. Por último, la forma en que sospechaba que el baronet había ejecutado su venganza no era incompatible con los hábitos de otros países que el adepto conocía mejor que los del norte de Gran Bretaña. En su interior, como suele ocurrir con los malvados, sospechar un perjuicio y alimentar el propósito de venganza eran una sola cosa. Y, antes de que Dousterswivel hubiera podido recobrar por completo el uso de las piernas, ya había planeado la ruina de su benefactor, la cual, por desgracia, estaba en posición de acelerar, y mucho.


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