El anticuario
El anticuario Pero, aunque el propósito de venganza le rondaba la cabeza, no era el momento de permitirse tales especulaciones. La hora, el lugar, su propia situación y quizá la presencia o cercanía de sus asaltantes, hicieron que su primer objetivo fuera buscarse protección. El farol se había caído y apagado durante la disputa. El viento, que antes soplaba con tanta fuerza por las naves laterales de las ruinas, había amainado bastante, arrullado por la lluvia, que caía en tromba. La luna, por la misma razón, estaba totalmente negra y, pese a que Dousterswivel tenía algún conocimiento de las ruinas, y sabía que debía intentar ganar la puerta oriental del baptisterio, su confusión era tal que durante un rato dudó si podría asegurar en qué lado la encontraría. Ante tanta perplejidad, la sugestión de las supersticiones, con la ventaja de la oscuridad y de su mala conciencia, empezó de nuevo a aparecer en su perturbada imaginación.
«¡Bah! —dijo para sí con valentía—. Son todo majaderrías; todo es parrte de la engañifa. ¡Diablos! ¡Que ese bobo de barronet escocés, al que llevo cinco años arrastrrando por la narriz, haya engañado a Herman Dousterswivel!»