El anticuario
El anticuario Apenas había terminado esta reflexión cuando se produjo un incidente que contribuyó a sacudir el terreno en el que se movía. Entre el melancólico suspiro del viento y el rumor de las gotas de lluvia sobre hojas y piedras, se alzó, al parecer a no mucha distancia, un coro de música vocal tan triste y solemne como si los espíritus fallecidos de los eclesiásticos que una vez habitaron esas ruinas desiertas se lamentaran por la soledad y la desolación a la que habían sido abandonadas sus murallas. Dousterswivel, que ahora se había puesto en pie y estaba tanteando el muro del baptisterio, se quedó quieto como si hubiera echado raíces en el suelo cuando aconteció este nuevo fenómeno. Todas las potencias de su alma parecieron por el momento concentrarse en el sentido del oído, y todas devolvían la información de que el profundo, indómito y prolongado canto que estaba escuchando era la música de uno de los himnos fúnebres más solemnes de la Iglesia de Roma. Por qué lo tocaban en aquellas soledades, y qué tipo de coro lo cantaba, eran incógnitas cuya respuesta no deseaba siquiera conocer la aterrorizada imaginación del adepto, impregnada de todas las supersticiones alemanas sobre ondinas, hadas de robles, licántropos, duendes y espíritus blancos, azules y grises.