El anticuario

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Protegido por la señal de la cruz y cuantos exorcismos podía recordar, avanzó hacia el enrejado, desde el que podía observar sin ser visto lo que pasaba en el interior del panteón. Mientras se acercaba con paso tímido e inseguro, el canto, tras un par de cadencias abruptas y prolongadas, dio paso a un profundo silencio. El enrejado, cuando llegó a él, dejaba ver un singular espectáculo en el interior de la sacristía. Un sepulcro abierto, con cuatro antorchas encendidas de alrededor de seis pies de altura en cada una de sus cuatro esquinas; unas andas con un cadáver amortajado que tenía los brazos cruzados sobre el pecho descansaban sobre caballetes a un lado del sepulcro, como si lo fueran a enterrar; un sacerdote, con su capa pluvial y su estola, tenía abierto el libro; otro eclesiástico, con sus vestiduras, llevaba un hisopo en la mano, y dos niños con sobrepellizas, incensarios; un hombre cuya figura una vez había sido alta e imponente, pero encorvada ahora por la edad o las dolencias, estaba solo al lado del féretro, absorto en un profundo duelo; ésas era las figuras más destacadas de la reunión. A poca distancia había dos o tres personas de ambos sexos, cubiertas de capas y capuchones; y seis o siete más con el mismo lúgubre atuendo, aún más alejadas del cuerpo, cerca de las paredes del panteón, formaban una fila inmóvil, cada una con un enorme cirio negro en la mano. La luz de las humeantes antorchas se dispersaba por la roja y vaga atmósfera y daban una apariencia fantasmal, brumosa y sospechosa a esta singular escena. La voz del sacerdote, alta, clara y sonora, estaba ahora recitando del breviario que tenía en la mano las palabras solemnes que el ritual católico ha dedicado a devolver el polvo al polvo. Entretanto, Dousterswivel, considerando el lugar, la hora y la sorpresa, aún dudaba de si lo que veía era material, o una representación sobrenatural de los ritos que en tiempos antiguos eran habituales entre aquellas paredes, pero que ya raramente se practicaban en los países protestantes, y casi nunca en Escocia[210]. Dudaba de si debía esperar hasta el final de la ceremonia, o intentar volver al baptisterio, cuando un cambio de posición lo expuso, a través de la reja, a la vista de uno de los que llevaban luto. La primera persona que lo vio comunicó su descubrimiento mediante una seña a aquel que se encontraba más cerca del féretro, y cuando éste respondió con otra, dos miembros del grupo se separaron, y, con paso sigiloso, como si temieran interrumpir el servicio religioso, abrieron la puerta que los separaba del adepto. Lo prendieron por ambos brazos, y, con cierta violencia a la que el alemán no habría podido resistir si su miedo le hubiera permitido oponer resistencia, lo arrojaron al suelo del baptisterio, y se sentaron cada uno a un lado, como para retenerlo. Satisfecho de estar en poder de mortales como él, el adepto les habría formulado con gusto algunas preguntas; pero, mientras uno señalaba al panteón, desde el que se oía con claridad la voz del sacerdote, el otro se llevó el dedo a los labios en señal de silencio, consejo que el alemán creyó prudente seguir. Y no se movió hasta que un sonoro aleluya repicó entre los desiertos arcos de Saint Ruth y concluyó la singular ceremonia que había tenido la suerte de contemplar.


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