El anticuario

El anticuario

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Cuando el himno y sus ecos se hubieron desvanecido, la voz de uno de los sombríos personajes que había custodiado al adepto pronunció en un tono y dialecto familiar:

—Querido señor Dousterswivel, ¿es usted? ¿Por qué no nos dijo que quería estar presente en la ceremonia? Mi señor no puede estar satisfecho de que haya llegado usted de ese modo, como a escondidas.

—Porr todos los cielos, dígame quiénes son —interrumpió el alemán a su vez.

—¿Quién soy? Pues ¿quién voy a ser sino Ringan Aikwood, el granjero de Knockwinnock? Y ¿qué hace usted aquí a estas horas de la noche, si no ha venido a asistir al funeral de la dama?

—Pues le inforrmo, mi buen granjerro Aikwood —dijo el alemán, incorporándose—, de que esta misma noche he sido asesinado, robado y he temido porr mi vida.

—¡Robado! Y ¿qué haría aquí un ladrón? Y, para haber sido asesinado, habla usted con mucha propiedad. ¿Temido por su vida? ¿Qué le hizo temer por ella, señor Dousterswivel?

—Se lo dirré, maestrre grranjerro Aikwood Ringan, solo ese perro viejo, villano descrreído, casaca azul, como llaman ustedes a Edie Ochiltree.


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