El anticuario

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—Así lo hacen —dijo la abuela— desde que el gran conde cayó en la batalla de Harlaw[212], cuando dicen que entonaron la elegía desde la desembocadura del Tay hasta el Buck de Cabrach, y que no se oía otra cosa que no fuera el lamento por los que habían caído luchando contra Donald de las Islas. Pero la madre del gran conde estaba viva (las mujeres Glenallan eran duras y valientes) y ella no cantó la elegía por su hijo, sino que lo tuvo de cuerpo presente en el silencio de la medianoche en su última morada, sin himnos ni lamentos. Dijo que había matado a bastantes aquel día para que las viudas e hijas de los norteños que había degollado cantaran la elegía por los que habían perdido y por su hijo también; así que lo dejó yacer en su tumba sin derramar ni una lágrima, sin un lloriqueo, sin un suspiro. Y esto se convirtió en motivo de orgullo para la familia, y lo conservaron, cuánto más entonces, pues por la noche tenían más libertad para celebrar sus pomposas ceremonias en la oscuridad y la intimidad que en pleno día, al menos así era en mi época; de día les habrían molestado las autoridades y la comunidad de Fairport; ahora he oído decir que no es así, los tiempos cambian, y yo apenas sé si estoy de pie o sentada, o viva o muerta.




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