El anticuario

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Y, mirando hacia la hoguera, como si la poseyera la inconsciente incertidumbre de la que se quejaba, la vieja Elspeth volvió a su mecánica y habitual ocupación de hilar.

—¡Cielos! —dijo Jenny Rintherout a su comadre en voz baja—. Es increíble escuchar los arrebatos de la abuela. Es como si los muertos hablaran con los vivos.

—No es muy distinto, muchacha. No se da cuenta de nada de lo que ocurre durante el día; pero sácale sus viejas historias, y hablará como un libro abierto. Sabe más que nadie de los Glenallan: el padre de mi marido fue pescador suyo durante un tiempo. Ya sabe que los católicos comen mucho pescado (esa parte de su religión no está mal, sea como sea el resto); se podía vender el mejor pescado al mejor precio para la mesa de la propia condesa, especialmente en viernes, ¡que la gracia sea con ella! Pero ¡mira cómo mueve las manos y la boca la abuela! Es como si su cerebro estuviera produciendo levadura, esta noche hablará. A veces no abre la boca en una semana, si no es a los niños más pequeños.

—Vaya, señora Meiklebackit, ¡es una mujer increíble! —contestó Jenny—. ¿Cree que está bien? La gente dice que no iba a la iglesia, ni hablaba con el diácono, y que antes era católica pero que, desde que murió su marido, nadie sabe qué es. ¿No será un poco bruja?


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