El anticuario
El anticuario —Pero ¡serás tonta! ¿Piensas que por ser vieja se es bruja? Descartando a Alison Breck: por ella no podrÃa poner la mano en el fuego. He visto sus cestas llenas de cangrejos, cuando…
—Chitón, Maggie —susurró Jenny—, la abuela va hablar otra vez.
—¿No ha dicho una de vosotras —preguntó la anciana sibila—, o lo he soñado, o ha sido una revelación, que Joscelind, lady Glenallan, está muerta y la van a enterrar esta noche?
—SÃ, abuela —gritó su nuera—, lo hemos dicho.
—Pues que asà sea —dijo la vieja Elspeth—, rompió más de un corazón en su dÃa. SÃ, incluso el de su hijo, ¿está vivo todavÃa?
—SÃ, él vive; pero ¿cuánto vivirá? ¿No recuerda que vino a verla esta primavera, y le dio dinero?
—Quizá sÃ, Maggie, no lo recuerdo, pero qué apuesto caballero era, y su padre también. Bueno, si su padre hubiera vivido, quizá hubieran sido felices. Pero él murió, y la condesa se quedó con su hijo, y le hizo creer lo que nunca debió creer, y hacer aquello de lo que se ha arrepentido toda su vida, y de lo que seguirá arrepintiéndose, aunque su vida sea tan larga y cansada como la mÃa.
—Y ¿qué fue, abuela?
—Y ¿qué fue, madre?