El anticuario

El anticuario

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—Y ¿qué fue, señora Elspeth?

Preguntaron al mismo tiempo la niña, la madre y la visita.

—No preguntes nunca qué fue —respondió la vieja sibila—; ruega a Dios que no se apoderen de tu corazón el orgullo y la testarudez: son tan poderosos en la cabaña como en el castillo. Soy triste testigo de ello. ¡Oh, noche aciaga y terrible! ¡Mi viejo corazón nunca la olvidará! ¡Verla yaciendo en el suelo, con su largo cabello chorreando agua salada! El cielo se vengará de quien fue responsable. ¡Cielos! ¿Mi hijo está en la barca con este viento?

—No, no, madre; ninguna barca puede salir con este viento; está durmiendo en su cama, ahí en su habitación.

—¿Entonces está Steenie en el mar?

—No, abuela; Steenie está con el viejo Edie Ochiltree, el vagabundo; quizá hayan ido a ver el entierro.

—Eso no puede ser —dijo la madre de familia—; no sabíamos nada de eso hasta que vino Jock Rand, y nos dijo que los Aikwood tenían orden de asistir; guardan esas cosas en secreto. Tenían que traer el cuerpo desde el castillo, diez millas de camino, en mitad de la noche. La han tenido de cuerpo presente estos diez días en la casa de los Glenallan, en una gran cámara revestida de negro y alumbrada con velas.


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