El anticuario

El anticuario

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—¡Que Dios la perdone! —profirió la vieja Elspeth, aún pensando en el asunto de la condesa—. Era una mujer de mal corazón, pero tendrá que rendir cuentas, y la misericordia del Señor es infinita, ¡ojalá que así sea!

Y de nuevo guardó un silencio del que ya no saldría en toda la noche.

—Me gustaría saber qué pueden estar haciendo ese viejo vagabundo sordo y nuestro Steenie en una noche así —dijo Maggie Meiklebackit; y su expresión de sorpresa se reflejó en el rostro de la visitante—. Que una de vosotras, pequeñas, suba a la colina y les dé una voz, a ver si os oye; las tortas se van a carbonizar.

La pequeña emisaria partió, pero en pocos minutos había vuelto al grito de:

—¡Mamá! ¡Abuela! ¡Hay un fantasma blanco persiguiendo a dos fantasmas negros por la colina!

Un ruido de pasos siguió a este singular anuncio, y el joven Steenie Meiklebackit, seguido de cerca por Edie Ochiltree, irrumpió en la cabaña. Llegaban sin resuello. Lo primero que hizo Steenie fue buscar la barra que atrancaba la puerta, que se había roto, como su madre le recordó, en el duro invierno de hacía tres años.

—¿Para qué —le preguntó ella— quieres la barra?


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