El anticuario

El anticuario

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—No nos persigue nadie —respondió el vagabundo, tras tomar aliento—; como los impíos, huimos sin que nadie nos persiga[213].

—Es verdad, pero nos perseguía un espíritu o algo poco mejor que eso.

—Era un hombre de blanco a caballo —dijo Edie— y, como la tierra estaba blanda y no sostenía bien al caballo, éste tiró al jinete, eso lo vi; pero no imaginaba que mis viejas piernas pudieran transportarme a tal velocidad. Corrí tan rápido como si estuviera en Prestonpans[214].

—¡Vaya par de bobos! —exclamó la señora Meiklebackit—. Habrá sido alguno de los jinetes del funeral de la condesa.

—¡Cómo! —dijo Edie—. ¿Van a enterrar a la condesa en Saint Ruth? Eso explicaría las luces y el ruido que nos asustaron. Ojalá lo hubiéramos sabido: les habría esperado, y no habría dejado al hombre allí; pero ya se ocuparán de él. Le diste demasiado fuerte, Steenie, espero que no se haya desmayado.

—En absoluto —declaró Steenie entre risas—; tiene los brazos bien fuertes, y solo le acerqué la estaca para tomarle las medidas. Cielos, si yo no hubiera estado cerca, le habría dado a usted una buena paliza.


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