El anticuario

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—Bueno, yo saco algo en claro de todo esto —afirmó Edie—: no tentaré más a la Providencia. Pero no puedo pensar que darle un escarmiento a ese perezoso canalla, que vive solo de engañar a gente honrada, sea algo injusto.

—Pero ¿qué vamos a hacer con esto? —preguntó Steenie, sacando una libreta.

—¡Que Dios nos guarde, muchacho! —exclamó Edie alarmado—, ¿qué le hizo coger eso? Basta con una simple hoja de esa libreta para que nos cuelguen a los dos.

—No lo sabía —dijo Steenie—; se le había caído del bolsillo, imagino, porque lo encontré entre mis pies mientras intentaba a tientas ponerlo en pie, y me lo metí en el bolsillo para que no se perdiera; y después llegó el maldito caballo, y gritó usted que nos fuéramos corriendo, y no volví a acordarme de la libreta.

—Debemos devolvérselo a ese malandrín sea como sea; mejor que lo lleve usted mismo, creo, en cuanto apunte el día, a casa de Ringan Aikwood. No querría ni por cien libras que nos lo encontraran encima.

Steenie se comprometió a actuar como le habían indicado.


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