El anticuario
El anticuario —Ruegue por encontrarme en mi dulce tumba —dijo la buena mujer, con una voz apagada y sepulcral, pero sin que ninguna de sus facciones se agitara lo más mÃnimo.
—Es usted mayor, comadre, y yo también; pero debemos conformarnos con Su voluntad; Él no olvidará nuestra hora.
—Ni nuestras deudas tampoco —dijo la anciana—; el espÃritu responderá de las acciones de la carne.
—Cierto; y yo, que he llevado una vida disoluta y desordenada, tendrÃa que aplicarme el cuento. Pero usted es virtuosa. Hemos cometido pecados, pero no creo que tenga usted tantos en su haber como para que la dobleguen.
—Menos de los que podrÃa haber cometido, pero ¡más, muchos más, de los necesarios para hundir el bergantÃn más grande que haya navegado por la bahÃa de Fairport! ¿No dijo alguien ayer…? Al menos asà lo creo yo, pero los viejos tenemos extrañas ocurrencias… ¿No dijo alguien que Joscelind, condesa de Glenallan, habÃa dejado este mundo?
—Pues quien lo dijera dijo la verdad —respondió el viejo Edie—; fue enterrada ayer a la luz de las antorchas en Saint Ruth, y yo, como un tonto, me di un susto al ver las luces y a los jinetes.