El anticuario
El anticuario —Asà lo han hecho desde los dÃas en que el gran conde cayó en Harlaw; lo hacÃan para mostrar su desprecio ante el hecho de morir y ser enterrados como los demás; las mujeres de la casa de Glenallan no lloran a sus maridos, ni las hermanas lloran a los hermanos. Pero ¿seguro que ha sido llamada para rendir cuentas?
—Tan seguro —dijo Edie— como que todos seremos llamados.
—Entonces descargaré mi espÃritu de su peso, y que sea lo que sea.
Esto lo dijo con más vivacidad de la acostumbraba en sus expresiones, y acompañó sus palabras con un gesto de la mano, como si estuviera desprendiéndose de algo. Entonces incorporó ese cuerpo que una vez habÃa sido alto y aún conservaba la apariencia de haberlo sido, pese a estar doblado por la edad y el reumatismo, y se detuvo frente al vagabundo como una momia animada a una resurrección temporal por un espÃritu errante. Sus ojos azul claro vagaban de acá para allá, como si ocasionalmente olvidara y recordara de nuevo el propósito de que sus largas y ajadas manos estuvieran buscando entre los misceláneos contenidos de un gran bolso pasado de moda. Al fin sacó de ahà una pequeña caja de madera, la abrió y cogió un hermoso anillo con un mechón de pelo de dos colores, negro y castaño claro, trenzados entre sà y rodeados por brillantes de considerable valor.