El anticuario
El anticuario Con esta reflexión, Edie cogió su bastón, se puso su sombrero de ala ancha y emprendió su camino. La anciana esperó algún tiempo aún de pie, sin moverse, con los ojos pendientes de la puerta que había cruzado su mensajero. El aparente nerviosismo que le había producido la conversación fue poco a poco abandonando su rostro; se hundió de nuevo en su sitio de costumbre, y volvió a su mecánica labor con la rueca y el huso, con su acostumbrado aire apático.