El anticuario
El anticuario Edie Ochiltree, entretanto, avanzó en su viaje. La distancia hasta la casa Glenallan era de diez millas, una marcha que le llevó alrededor de cuatro horas al antiguo soldado. Con la curiosidad que caracterizaba sus costumbres ociosas y su animado carácter, pasó todo el camino torturándose con preguntas acerca del significado del misterioso mensaje que le habían confiado, y de qué relación podría tener el soberbio, rico y poderoso conde de Glenallan con los pecados y penitencias de una anciana senil cuya posición social apenas estaba por encima de la de su mensajero. Intentó traer a su memoria todo lo que había oído o sabía de la familia Glenallan, pero, después de hacerlo, siguió siendo incapaz de formar una conjetura. Sabía que las extensas propiedades de esta antigua y poderosa familia habían recaído todas en la condesa, recientemente fallecida, que heredó de modo notable el carácter rígido, orgulloso e indomable que había distinguido a la casa de Glenallan desde su primera aparición en los anales escoceses. Como el resto de sus ancestros, conservaba una celosa fe en la Iglesia católica y se casó con un caballero inglés de la misma comunión y enorme fortuna que no sobrevivió dos años a su unión. La condesa, pues, tuvo muy pronto que hacer frente a la viudez y a la administración conjunta de las grandes fortunas de sus dos hijos. El mayor, lord Geraldin, que debía ser el sucesor del título y la fortuna de los Glenallan, fue totalmente dependiente de su madre mientras ésta vivió. El segundo, cuando fue mayor de edad, adoptó el nombre y el escudo de armas de su padre, y tomó posesión de su fortuna, según lo previsto en el acuerdo nupcial de la condesa. Vivía principalmente en Inglaterra, y hacía pocas y breves visitas a su madre y a su hermano, de las que prescindió después, tras convertirse a la religión reformada.