El anticuario
El anticuario Pero incluso antes de que le infligiera esta ofensa mortal a la condesa, la residencia en Glenallan ofrecía pocos alicientes a un joven alegre como Edward Geraldin Neville, mientras que la soledad y el aislamiento parecían adecuarse a las costumbres retiradas y melancólicas de su hermano mayor. Lord Geraldin, al principio de su vida, había sido un joven lleno de esperanzas y triunfos. Aquellos que lo conocieron en el curso de sus viajes alimentaron las mayores expectativas sobre su futura carrera. Pero a menudo tales luminosos comienzos se ven extrañamente ensombrecidos. El joven noble regresó a Escocia, y después de vivir alrededor de un año en compañía de su madre en la casa Glenallan, pareció adoptar todo el severo abatimiento de su carácter. Excluido de la política por las limitaciones impuestas a los de su religión[215], y de entretenimientos más ligeros por elección propia, lord Geraldin llevaba una vida de estricto retiro. Sus compañías habituales se limitaban a la del sacerdote de su credo, que a veces visitaba la mansión; y muy raramente, en días festivos, una o dos familias que aún profesaban la religión católica eran formalmente invitadas a la casa Glenallan. Pero eso era todo; sus herejes vecinos no sabían nada del solemne desfile que se celebraba en estas ocasiones, de las que todos volvían sin saber si debían preocuparse más por el comportamiento severo y majestuoso de la condesa, o por el profundo y melancólico desánimo que nunca dejaba de oscurecer el semblante de su hijo. Los últimos acontecimientos lo dejaban en posesión de su fortuna y su título, y el vecindario ya había empezado a preguntarse si su alegría reviviría con esa independencia; pero los que tenían algún trato ocasional con la familia extendieron el rumor de que la constitución del conde se había visto minada por las austeridades religiosas, y que con toda probabilidad no tardaría mucho en seguir a su madre a la tumba. Esto era lo más probable, pues su hermano había muerto de una prolongada enfermedad que, en los últimos años de su vida, había afectado al mismo tiempo a su cuerpo y a su espíritu; y, de este modo, los heraldos y genealogistas ya estaban comprobando los registros para descubrir al heredero de esta desgraciada familia, y los abogados hablaban ya, con jubilosa anticipación, de la probabilidad de una «gran causa Glenallan».