El anticuario
El anticuario Y Edie, rechazado por Roma y los prelados, estuvo encantado de protegerse de las mofas de sus hermanos entre el escaso grupo de presbiterianos, que, o bien habían evitado ocultar sus creencias religiosas por recibir una parte mayor, o quizá supieran que no podían fingir sin ser descubiertos.
La misma prioridad se observó asimismo en el modo de distribución de las limosnas, que se componían de pan, ternera y una moneda para todos los individuos, cualquiera que fuera su credo. El limosnero, un clérigo de apariencia y actitud graves, vigilaba en persona la distribución entre los mendigos católicos; les hacía un par de preguntas al darles la caridad, y les recomendaba que oraran por el alma de Joscelind, la difunta condesa de Glenallan, madre de su benefactor. El guarda, a quien se distinguía gracias a su bastón con empuñadura de plata, y por la casaca negra adornada con cintas del mismo color, que llevaba en señal del duelo general de la familia, supervisaba el reparto de limosnas entre los episcopalianos. Los menos favorecidos, los presbiterianos, estaban a cargo de un criado de avanzada edad.
El nombre de este último, que oyó al discutir de un asunto con el guarda, y después sus rasgos, impresionaron a Ochiltree, y revivieron recuerdos de tiempos pasados. La asamblea se estaba dispersando, cuando el criado, acercándose de nuevo a donde Edie se encontraba aún, dijo, con un fuerte acento del condado de Aberdeen: