El anticuario

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Tras cruzar unas palabras confidenciales con el guarda (posiblemente para solicitar su connivencia), y esperar a que el limosnero entrara de nuevo en la casa con paso lento y solemne, Francis Macraw introdujo a su amigo en el patio de los Glenallan, cuyo lúgubre portón estaba coronado por un enorme blasón en el que el heraldo había mezclado, como de costumbre, los emblemas del orgullo y de la insignificancia humana; así era el escudo de armas heredado de la condesa, con todos sus cuarteles, dispuesto en losange, y rodeado por los escudos separados de sus ancestros paternos y maternos, entremezclados con guadañas, relojes de arena, calaveras y otros símbolos de esa mortalidad que iguala cualquier distinción. Macraw condujo a su amigo lo más rápido posible a través del enorme patio pavimentado hasta una puerta lateral que daba a un pequeño departamento cerca del vestíbulo de los criados, que, en virtud de su asistencia personal al conde de Glenallan, podía permitirse llamar suyo. Obtener fiambres de varios tipos, cerveza fuerte e incluso un vaso de licor no era difícil para alguien de la importancia de Francis, cuya dignidad no le había hecho perder la obstinada prudencia del norte que recomendaba buen entendimiento con el mayordomo. Nuestro mendigo mensajero bebió cerveza, y recordó viejas historias con su camarada, hasta que, agotados los temas de conversación, se decidió a sacar a colación el tema de su embajada, que había abandonado su pensamiento durante un rato.


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